En Qué Creen Los Cristianos

[Reflexiones de un ex ateo sobre el cristianismo]

 

1 - Las Opuestas Concepciones de Dios
2 - La Invasión
3 - La Terrible Alternativa
4 - El Perfecto Penitente
5 - La Conclusión Práctica

 

Las Opuestas Concepciones de Dios

Se me ha pedido que les diga en qué creen los cristianos, y comenzaré diciéndoles una cosa que los cristianos no necesitan creer. Si alguien es cristiano, no necesita creer que todas las otras religiones están equivocadas de principio a fin. Un ateo sí tiene que creer que el punto central de todas las religiones del mundo es simplemente un gran error. Si se es cristiano, se es libre de pensar que todas las religiones, incluso las más extrañas, contienen al menos un indicio de la verdad. Cuando yo era ateo, tenía que persuadirme de que la mayoría de la raza humana siempre ha estado equivocada en aquello que le importa más; cuando me hice cristiano, mi perspectiva se amplió. Pero, por supuesto, ser cristiano sí significa pensar que allí donde el cristianismo difiere de otras religiones, el cristianismo está en lo correcto y las otras están equivocadas. Como en aritmética: hay sólo una respuesta correcta en una suma, y todas las otras están equivocadas; pero algunas de las respuestas erróneas están mucho más cerca de ser correctas que otras.

La primera gran división de la humanidad es entre la mayoría, que cree en algún tipo de Dios o dioses, y la minoría, que no cree. En este punto, el cristianismo hace filas con la mayoría; se alinea con los antiguos griegos y romanos, los salvajes modernos, los estoicos, los platónicos, los hindúes, los mahometanos, etc., en contra de los materialistas modernos de Europa occidental.

Continúo con la siguiente gran división. Las personas que creen en Dios pueden dividirse de acuerdo al tipo de Dios en que creen. Hay dos ideas muy diferentes al respecto. Una de ellas es la idea de que El está más allá del bien y del mal. Nosotros, los humanos, llamamos buena a una cosa y mala a otra. Pero, de acuerdo a algunas personas, ése es meramente nuestro punto de vista humano. Estas personas dirían que mientras más sabio eres, menos deseas calificar de buenas o malas las cosas, y con más claridad ves que todo es bueno en un sentido y malo en otro, y que nada podría haber sido diferente. En consecuencia, estas personas creen que al acercarte al punto de vista divino, y aun estando muy lejos de él, la división habría desaparecido por completo. Llamamos malo al cáncer, dirían, porque mata a un hombre; pero igualmente podríamos llamar malo a un cirujano exitoso porque mata un cáncer. Todo depende del punto de vista. La idea opuesta es que Dios es muy definitivamente “bueno” o “justo”, un Dios que toma partido, que ama el amor y odia el odio, que desea que nos comportemos de un cierto modo y no de otro. La primera de estas posiciones – la que considera a Dios más allá del bien y del mal – se denomina panteísmo. La sostuvo el gran filósofo prusiano Hegel y, en la medida en que puedo comprenderlos, los hindúes. La otra posición es la de los judíos, mahometanos y cristianos.

Y junto con esta gran diferencia entre el panteísmo y la idea cristiana de Dios, generalmente va otra. Los panteístas en general creen que Dios, por así decirlo, anima el universo como uno anima su cuerpo: que el universo casi es Dios, de tal manera que si aquél no existiera El tampoco existiría, y que todo lo que se encuentra en el universo es una parte de Dios. La idea cristiana es bastante diferente. Los cristianos piensan que Dios inventó e hizo el universo, como un hombre pinta un cuadro o compone una melodía. Un pintor no es una pintura, y no muere si se destruye su pintura. Podrían decir, “ha puesto mucho de sí mismo en ella”, pero lo único que ello significa es que toda la belleza e interés del cuadro ha salido de la cabeza de quien lo pintó. Su habilidad no está en el cuadro de la misma manera que está en su cabeza, o incluso en sus manos. Espero que vean cómo esta diferencia entre los panteístas y los cristianos es paralela a la otra. Si no se toma muy en serio la distinción entre el bien y el mal, es fácil decir que todo lo que se encuentra en este mundo es parte de Dios. Pero, por supuesto, si creemos que algunas cosas son realmente malas, y Dios realmente bueno, no podemos hablar de esa manera. Tenemos que creer que Dios está separado del mundo y que algunas de las cosas que vemos en éste son contrarias a Su voluntad. Frente a un cáncer o frente a una barriada miserable, el panteísta puede decir, “si tan sólo pudieras verlo desde el punto de vista divino, te darías cuenta de que esto también es Dios”. El cristiano responde, “no digas esas malditas tonterías”.1

Porque el cristianismo es una religión de lucha. Piensa que Dios hizo el mundo; que el espacio y el tiempo, el calor y el frío, y todos los colores y sabores, y todos los animales y plantas, son cosas que Dios “sacó de su propia cabeza”, como un hombre arma un cuento. Pero también piensa que muchas cosas andan mal en el mundo que Dios hizo y que Dios insiste, e insiste con mucha fuerza, en que las pongamos en buen camino otra vez.

Y, por supuesto, eso suscita una gran pregunta. Si un Dios bueno hizo el mundo, ¿por qué ha ido mal? Por muchos años simplemente me negué a escuchar las respuestas cristianas a esta pregunta, porque no dejaba de sentir, “no importa lo que digan, ni lo inteligentes que sean sus argumentos, ¿no es mucho más simple y más fácil decir que el mundo no fue hecho por un poder inteligente? ¿No son todos sus argumentos simplemente un complicado intento de evitar lo obvio?” Pero eso me llevaba a otra dificultad.

Mi argumento contra Dios era que el universo parecía tan cruel e injusto. Pero, ¿de dónde había sacado yo esta idea de justo e injusto? Uno no considera torcida una línea, a no ser que tenga alguna noción de una línea recta. ¿Con qué estaba comparando este universo cuando lo llamaba injusto? Si todo el espectáculo era malo y sin sentido de la A a la Z, por así decirlo, ¿por qué yo, que se suponía era parte del espectáculo, me encontraba reaccionando tan violentamente contra él? Las personas se sienten mojadas cuando se caen al agua, porque no son animales acuáticos: un pez no se sentiría mojado. Por supuesto podría haber abandonado mi idea de justicia diciendo que no era sino una noción privada mía. Pero si lo hacía, también colapsaba mi argumento contra Dios, porque tal argumento estaba sujeto a la afirmación de que el mundo era realmente injusto, no simplemente que de alguna manera no me llenaba el gusto. Así, en el mismo acto de tratar de probar que Dios no existía -en otras palabras, que la realidad toda carecía de sentido – me encontraba obligado a asumir que una parte de la realidad – a saber, mi idea de justicia – estaba plena de sentido. En consecuencia, el ateísmo se vuelve algo demasiado simple. Si todo el universo carece de sentido, jamás habríamos descubierto que no tiene sentido; tal como si no hubiera luz en el universo y, así, tampoco ninguna criatura con ojos, nunca habríamos sabido que estaba oscuro. Oscuro sería una palabra sin sentido.

2. La Invasión

Muy bien, entonces, el ateísmo es demasiado simple. Y les diré otra opinión que también es demasiado simple. Es aquella que llamo cristianismo-y-agua, la que simplemente dice que hay un Dios bueno en el Cielo y todo está bien, y deja afuera todas las difíciles y terribles doctrinas acerca del pecado y el infierno y el demonio, y la redención. Ambas son filosofías de niños.

No sirve de nada pedir una religión simple. Después de todo, las cosas reales no son simples. Parecen, pero no lo son. La mesa frente a la que me siento parece simple; pero pregúntenle a un científico de qué está hecha realmente -todo acerca de los átomos, y cómo las ondas luminosas rebotan desde ellos e impactan mis ojos y lo que le hacen al nervio óptico y lo que éste le hace al cerebro – y, por supuesto, encontrarán que lo que llamamos “ver una mesa” lleva a misterios y complejidades cuyo fin difícilmente se alcanza. Un niño que dice una oración infantil, parece simple. Y si están satisfechos de no ir más allá, está bien. Pero si no lo están – y el mundo moderno generalmente no lo está –, si quieren seguir adelante y preguntar qué está pasando en realidad, entonces prepárense para algo difícil. Si buscamos algo más que simplicidad, es tonto quejarse porque ese algo más no es simple.

A menudo, sin embargo, adoptan este tonto proceder personas que no son tontas, pero que, consciente o inconscientemente, quieren destruir el cristianismo. Esas personas elaboran una versión del cristianismo apropiada para un niño de seis años, y hacen de ella el objeto de su ataque. Cuando se intenta explicarles la doctrina cristiana tal como realmente la sustenta un adulto instruido, se quejan de que les están haciendo dar vueltas la cabeza y que es demasiado complicado y que si en verdad hubiera un Dios están seguros de que habría hecho la “religión” simple, porque la simplicidad es tan hermosa, etc. Hay que estar en guardia frente a estas gentes, porque van a cambiar de posición a cada minuto y tan sólo nos harán perder el tiempo. Noten, también su idea de un Dios que “hace la religión simple”; como si la “religión” fuera algo que Dios inventó, y no Su afirmación de ciertos hechos inalterables respecto a Su propia naturaleza.

Además de ser complicada, la realidad, según mi experiencia, es generalmente extraña. No es pulcramente definida, no es obvia, no es lo que uno espera. Por ejemplo, cuando uno ha entendido que la Tierra y los otros planetas giran alrededor del Sol, naturalmente esperaría que calzaran entre sí, que hicieran juego: todos a igual distancia entre sí, por ejemplo, o que las distancias se incrementaran de manera regular, o todos del mismo tamaño, o quizás agrandándose o achicándose al alejarse del Sol. De hecho, no se encuentra razón ni medida (que podamos ver) ni entre los tamaños ni entre las distancias; y algunos tienen una luna, uno tiene cuatro, uno tiene dos, algunos no tienen ninguna, y uno tiene un anillo.

De hecho, la realidad en general es algo que uno no habría imaginado. Esa es una de las razones por las que creo en el cristianismo. Es una religión que uno no podría haber imaginado. Si nos ofreciera exactamente el tipo de universo que siempre habíamos esperado, sentiría que nosotros la estábamos inventando. Pero, de hecho, no es la clase de cosa que nadie habría inventado. Tiene el exacto toque de cosa extraña que tienen las cosas reales. Así es que olvidémonos de todas estas filosofías de niños, estas respuestas simples en demasía. El problema no es simple y la respuesta tampoco va a ser simple.

¿Cuál es el problema? Un universo que contiene muchas cosas obviamente malas y aparentemente sin sentido, pero que contiene criaturas como nosotros, que sabemos que es malo y sin sentido. Hay sólo dos posiciones que se hacen cargo de todos los hechos. Una es la cristiana, según la cual éste es un mundo bueno que se ha degradado, pero que todavía retiene la memoria de lo que debió haber sido. La otra es la posición llamada dualismo. Dualismo significa la creencia en que hay dos poderes iguales e independientes tras todo lo que existe, uno bueno y otro malo, y que este universo es el campo de batalla en el que llevan a cabo una guerra sin fin. Personalmente creo que, después del cristianismo, el dualismo es el credo más valeroso y sensato en el mercado. Pero hay una falla en él.

Se supone que los dos poderes, o espíritus, o dioses – el bueno y el malo – son totalmente independientes. Ambos han existido por toda la eternidad. Ninguno de ellos hizo al otro, ninguno de ellos tiene más derecho que el otro a llamarse a sí mismo Dios. Presumiblemente cada uno piensa que es bueno y que el otro es malo. A uno de ellos le gusta el odio y la crueldad, al otro le gusta el amor y la misericordia, y cada uno respalda su propia posición.

Ahora, ¿qué queremos decir cuando llamamos a uno de ellos el Poder Bueno y al otro el Poder Malo? O estamos simplemente diciendo que sucede que preferimos a uno por sobre el otro – como preferir la cerveza a la sidra –, o estamos diciendo que, sin importar lo que los poderes piensen acerca de ello, y más allá de lo que a nosotros los humanos, en un momento dado, nos guste, uno de ellos está realmente en el error, equivocado, al considerarse bueno. Ahora, si sólo queremos decir que sucede que preferimos al primero, entonces debemos dejar de una vez por todas de hablar del bien y del mal. Porque el bien significa lo que debemos preferir, sin importar lo que nos gusta en un momento dado. Si “ser bueno” significara simplemente adherir a aquello hacia lo cual tenemos inclinación, por ninguna razón valedera, entonces el bien no merecería ser llamado bien. Así es que el significado de nuestras palabras debe ser que uno de los dos poderes está verdaderamente errado, y el otro verdaderamente en lo correcto.

Pero apenas decimos eso, estamos poniendo en el universo una tercera cosa, agregada a los dos poderes: una ley o norma o regla de lo bueno a la que se conforma uno de los poderes y frente a la cual el otro falla. Pero desde que se juzga a los dos poderes a partir de esta norma, entonces ella, o el Ser que la hizo, está más allá o más arriba de cualquiera de los dos poderes, y El es el verdadero Dios. De hecho, lo que implicamos al llamados bueno y malo resulta ser que uno de ellos está en una relación correcta con el Dios verdadero último, y el otro en una relación errónea.

Se puede establecer el mismo punto de otra manera. Si el dualismo es verdadero, entonces el Poder malo debe ser un ente al que le agrada la maldad por sí misma. Pero en realidad no tenemos experiencia alguna de nadie a quien le guste la maldad por el solo hecho de que es mala. Lo más cercano es lo que sucede en la crueldad. En la vida real, sin embargo, la gente es cruel por una de dos razones: ya sea porque son sádicos, esto es, muestran una perversión sexual que hace de la crueldad una causa de placer sensual para ellos; o porque van a obtener algo de ella, como dinero, poder o seguridad.

Pero el placer, el dinero, el poder y la seguridad, todos son, en sí mismos, buenas cosas. Lo malo es perseguido mediante métodos malos, o de mala manera, o en demasía. No quiero decir, por supuesto, que las personas que hacen esto no son desesperadamente perversas. Lo que quiero decir es que la maldad, cuando se la examina, resulta ser la búsqueda de algún bien de una mala manera. Puedes ser bueno simplemente por amor a la bondad; no puedes ser malo por simple afán de maldad. Puedes realizar una acción bondadosa cuando no te sientes bondadoso y no te da placer alguno, simplemente porque la bondad está bien; pero nadie jamás hizo una acción cruel simplemente porque la crueldad es mala, sino sólo porque la crueldad era placentera o útil para él. En otras palabras, la maldad no puede triunfar ni siquiera en ser mala del mismo modo en que el bien es bueno. Lo bueno es, por así decido, él mismo; lo malo es únicamente el bien que se ha corrompido. y tiene que haber algo bueno primero, antes de que se corrompa. Llamamos sadismo a una perversión sexual; pero primero hay que tener una idea de sexualidad normal, antes de poder decir que se ha pervertido; y se puede ver cuál es la perversión, porque se puede explicar lo pervertido a partir de lo normal, y no se puede explicar lo normal a partir de lo pervertido. Se infiere que este Poder Malo, que se supone estar en igual pie que el Poder Bueno, y amar lo malo del mismo modo en que el Poder Bueno ama lo bueno, es un simple espantajo. Para ser malo debe tener cosas buenas que desear y luego buscadas de modo equivocado; debe tener impulsos que fueron originalmente buenos, para poder pervertidos. Pero si es malo, no puede suministrarse a sí mismo ni buenas cosas que desear ni buenos impulsos que pervertir. Debe obtener ambos del Buen Poder. Y si es así, entonces no es independiente. Es parte del mundo del Poder Bueno: fue hecho ya sea por el Poder Bueno, o por algún poder sobre ambos.

Hagámoslo más simple todavía. Para ser malo, debe existir y tener inteligencia y voluntad. Pero la existencia, la inteligencia y la voluntad son en sí mismas buenas. Por lo tanto, deben provenirle del Poder Bueno: hasta para ser malo debe tomar prestado o robar a su oponente. ¿Comienzan a ver ahora por qué el cristianismo siempre ha dicho que el demonio es un ángel caído? No es simplemente un cuento para niños. Es un real reconocimiento del hecho de que el mal es parásito, no una cosa original. Los poderes que permiten que el mal subsista son poderes que le ha otorgado el bien. Todas aquellas cosas que permiten a un hombre malo ser efectivamente malo, son en sí mismas buenas: tesón, habilidad, buena apariencia, la existencia misma. Es por eso que el dualismo, en sentido estricto, no funciona.

Pero admito libremente que el cristianismo real (diferente del cristianismo-y-agua) anda mucho más cerca del dualismo de lo que la gente cree. Una de las cosas que me sorprendió la primera vez que leí el Nuevo Testamento seriamente, es que hablaba tanto acerca de un Poder Oscuro en el universo: un poderoso espíritu malo considerado el Poder tras la muerte y la enfermedad, y tras el pecado. La diferencia está en que el cristianismo piensa que este Poder Oscuro fue creado por Dios, y era bueno cuando fue creado, y se extravió. El cristianismo concuerda con el dualismo en que este universo está en guerra. Pero no cree que sea una guerra entre poderes independientes. Piensa que es una guerra civil, una rebelión, y que vivimos en una parte del universo ocupada por el rebelde.

Territorio ocupado por el enemigo: eso es lo que es este mundo. El cristianismo es la historia de cómo el rey justo ha llegado a esta tierra, podemos decir que ha llegado disfrazado, y nos llama a tomar parte en una gran campaña de sabotaje. Cuando vas a la iglesia, en realidad estás escuchando a escondidas la radio secreta de nuestros amigos: es por eso que el enemigo está tan ansioso de impedir que vayamos. Lo hace pulsando las notas de nuestra vanidad y pereza y esnobismo intelectual. Sé que alguien me va a preguntar, “¿de verdad usted quiere, en estos tiempos, re introducir a nuestro viejo amigo el demonio, con pezuñas y cuernos y todo lo demás?” Bueno, qué tienen que ver los tiempos con esto, la verdad es que no lo sé. Y no soy exigente en cuanto a pezuñas y cuernos. Pero en otros aspectos, mi respuesta es “sí, eso quiero”. No alego conocer nada acerca de su apariencia personal. Si alguien de verdad quiere conocerlo mejor, le diría, “no se preocupe. Si de verdad lo quiere, lo logrará. Ahora, si le gusta o no cuando eso suceda, ya es otra cosa”.

3. La Terrible Alternativa

Los cristianos, entonces, creen que un poder maligno se ha hecho por el momento Príncipe de este Mundo. Y, por supuesto, eso suscita problemas. Este estado de cosas, ¿está de acuerdo con la voluntad de Dios, con lo que Dios quiere, o no? Si lo está, es un extraño Dios, dirán ustedes; y si no lo es, ¿cómo puede suceder algo contrario a la voluntad de un ser con poder absoluto?

Pero todo el que ha gozado de autoridad sabe que algo puede estar de acuerdo con nuestra voluntad, con nuestros deseos, en un aspecto, y no en otro. Puede ser muy sensato que una madre diga a sus hijos, “no vaya obligarlos a ordenar la sala de estudios cada noche. Tienen que aprender a mantenerla ordenada ustedes solos”. Luego sube una noche y encuentra el osito de peluche y la tinta y la Gramática Francesa, todos tirados en la chimenea. Eso es contrario a sus deseos. Ella preferiría que los niños fueran ordenados. Pero, por otra parte, es su voluntad la que dio libertad a los niños para ser desordenados. Lo mismo sucede en cualquier regimiento o sindicato o escuela. Determinas que algo será voluntario, y la mitad de la gente no lo hace. No es lo que deseabas, pero tu voluntad lo ha hecho posible.

Probablemente es lo mismo en el universo. Dios creó cosas que tenían libre albedrío. Eso significa criaturas que pueden actuar bien o mal. Algunos piensan que pueden imaginar una criatura libre, pero sin posibilidad de actuar mal; yo no puedo. Si algo tiene libertad para ser bueno, también la tiene para ser malo. Y el libre albedrío es lo que ha hecho posible el mal. ¿Por qué, entonces, les dio libre albedrío? Porque el libre albedrío, aunque hace posible el mal, es también lo único que hace posible cualquier amor o bondad o alegría dignos de tenerse. Un mundo de autómatas – o de criaturas que trabajaran como máquinas – difícilmente sería digno de crearse. La felicidad que Dios destina para sus criaturas superiores es la felicidad de estar unidos a El y entre sí libre y voluntariamente, en un éxtasis de amor y deleite comparado con el cual el más extático amor entre un hombre y una mujer en esta tierra es pura leche yagua. Y para eso tienen que ser libres.

Por cierto Dios sabía lo que iba a pasar si usaban su libertad de manera equivocada; aparentemente, pensó que el riesgo valía la pena. Quizás nos sintamos inclinados a discrepar con El. Pero hay un problema en discrepar con Dios. El es la fuente de donde viene todo tu poder de raciocinio: no podrías estar en lo correcto y El equivocado más de lo que un arroyo puede subir más arriba de su fuente. Cuando argumentas contra El, estás argumentando contra el poder mismo que en último término hace posible que argumentes: es como cortar la rama en que estás sentado. Si Dios piensa que este estado de guerra en el universo es un precio digno de pagarse por el libre albedrío – esto es, por hacer un mundo vivo en que las criaturas pueden hacer un bien real o daños reales y donde pueden suceder cosas de real importancia, en vez de Un mundo de juguete que sólo se mueve cuando El jala de las cuerdas –, entonces podemos estar seguros de que es digno de pagarse.

Cuando hayamos entendido el libre albedrío, veremos lo tonto que es preguntar, como alguien me preguntó una vez: “¿Por qué hizo Dios una criatura con un material tan podrido, que se echó a perder?” Mientras mejor sea la materia de que está hecha una criatura – mientras más hábil y fuerte y libre sea –, mejor será si toma el buen camino, pero también peor si toma el malo. Una vaca no puede ser muy buena ni muy mala; un perro puede ser mejor o peor; un niño mejor o peor todavía; un hombre común, más aún; un hombre de genio, mucho más; un espíritu sobrehumano, el mejor – o peor – de todos.

¿Cómo fue que el Poder Oscuro se hizo malo? Aquí, sin duda, hacemos una pregunta a la cual los seres humanos no pueden responder con certeza alguna. Se puede, sin embargo, ofrecer una suposición razonable (y tradicional), basada en nuestra propia experiencia de tomar el mal camino. Desde el momento en que se tiene una identidad, un “sí mismo”, existe la posibilidad de ponerse uno mismo en primer lugar, queriendo ser el centro, queriendo -de hecho – ser Dios. Ese fue el pecado de Satanás: y ése fue el pecado que enseñó a la raza humana. Algunos piensan que la caída del hombre tuvo algo que ver con el sexo, pero eso es un error. (La historia en el libro del Génesis sugiere más bien que una cierta corrupción en nuestra naturaleza sexual siguió a la caída y fue su resultado, no su causa.) Lo que Satanás puso en la cabeza de nuestros ancestros remotos fue la idea de que podían “ser como dioses”: podían ser autónomos como si se hubieran creado a sí mismos, ser sus propios amos, inventar algún modo de felicidad para sí mismos más allá de Dios, aparte de Dios. Y de ese intento sin esperanzas viene casi todo lo que podemos llamar historia humana – dinero, pobreza, ambición, guerra, prostitución, clases sociales, imperios, esclavitud –, la larga y terrible historia del hombre intentando encontrar algo distinto a Dios que lo haga feliz.

La razón por la cual nunca puede lograrlo es ésta: Dios nos hizo; nos inventó como un hombre inventa una máquina. Un automóvil está hecho para funcionar con gasolina, y no funcionaría bien con ninguna otra cosa. Ahora bien, Dios diseñó la máquina humana para que funcionara con El. El es el combustible que admite el diseño de nuestros espíritus, El es la comida que puede alimentarlos. No hay otro. Tal es la razón por la que no sirve de nada pedirle a Dios que nos haga felices a nuestra propia manera, sin molestamos con la religión. Dios no puede damos felicidad y paz aparte de El mismo, porque no se encuentran en otra parte que El. No existen tales cosas.

Esa es la clave de la historia. Se gasta una tremenda cantidad de energía, se construyen civilizaciones, se inventan excelentes instituciones, pero cada vez algo no funciona. Una falla fatal lleva siempre a las personas egoístas y crueles a la cima, y todo retrocede hundiéndose en la miseria y la ruina. De hecho, la máquina deja de funcionar. Parece partir bien y andar unos pocos metros, y luego se estropea. Están tratando de alimentarla con el jugo equivocado. Eso es lo que Satanás nos ha hecho a nosotros, los humanos.

¿Y qué hizo Dios? Primero que todo, nos dejó la conciencia, el sentido de lo correcto y lo incorrecto; y a través de toda la historia, ha habido gente tratando (algunos con gran esfuerzo) de obedecerla. Nadie lo ha logrado totalmente. En segundo lugar, envió a la raza humana lo que yo llamo buenos sueños: quiero decir, esas curiosas historias esparcidas a través de las religiones paganas acerca de un dios que muere y vuelve a la vida y, por su muerte, de alguna manera ha dado nueva vida a los hombres. En tercer lugar, El escogió un pueblo particular y pasó muchos siglos martille ando en sus cabezas el tipo de Dios que era, que era uno solo y que le importaba nuestra conducta correcta. Ese pueblo era el judío, y el Antiguo Testamento hace un recuento del proceso de martilleo.

Y entonces sucede el real escándalo. Aparece de súbito entre estos judíos un hombre que anda hablando como si El fuera Dios. Pretende que perdona los pecados. Dice que siempre ha existido. Dice que vendrá a juzgar al mundo al final de los tiempos. Ahora, dejemos esto bien claro. Entre los panteístas, como los hindúes, cualquiera podría decir que era parte de Dios, o uno con Dios: no habría nada demasiado extraño en ello. Pero este hombre, desde que era un judío, no podía estarse refiriendo a ese tipo de Dios. Dios, en su lenguaje, significaba el Ser fuera de este mundo que lo había hecho y que era infinitamente diferente a cualquier otra cosa. Y cuando uno ha comprendido eso, ve que lo que este hombre decía era, muy simplemente, la cosa más escandalosa que jamás ha salido de labios humanos.

Una parte de lo que El decía tiende a pasársenos inadvertida, porque la hemos escuchado tan a menudo que ya no vemos qué implica. Quiero decir, el reclamo de perdonar los pecados: cualesquiera pecados. Ahora, a no ser que el que habla sea Dios, es tan descabellado que llega a ser cómico. Todos podemos comprender cómo alguien perdona las ofensas contra sí mismo. Me pisas un pie y te perdono, me robas el dinero y te perdono. Pero, ¿qué pensarías de un hombre a quien nadie ha robado ni pisado, que anunciara que te perdonaba a ti por pisar y robar a otros hombres? Necia fatuidad es la descripción más bondadosa que haríamos de su conducta. Y esto fue lo que hizo Jesús. Les dijo a algunas personas que sus pecados estaban perdonados, y no se detuvo a preguntar nada a las otras personas a quienes esos pecados indudablemente habían agraviado. Sin vacilar, se comportaba como si El fuera la principal parte interesada, la persona principalmente ofendida en todas las ofensas. Esto tiene sentido sólo si El realmente era el Dios cuyas leyes rompe y hiere cada pecado. En boca del hablante que no es Dios, tales palabras entrañarían lo que sólo se puede considerar como una tontería y vanidad sin paralelo en ningún otro personaje de la historia.

Y sin embargo (y esto es lo extraño y significativo), incluso Sus enemigos, cuando leen los Evangelios, en general no tienen la impresión de tontería y vanidad. Menos aún los lectores no prejuiciados. Cristo dice que El es “manso y humilde” y le creemos, sin damos cuenta de que, si fuera simplemente un hombre, la mansedumbre y la humildad son las últimas características que podríamos atribuir a algunas de Sus palabras.

Estoy intentando con esto prevenir el que alguien diga esa majadería que a menudo se dice de El: “Estoy dispuesto a aceptar a Jesús como un gran maestro moral, pero no acepto Su pretensión de ser Dios”. Eso es precisamente lo que no debemos decir. Un hombre que fuera simplemente un hombre y dijera la clase de cosas que Jesús decía, no sería un gran maestro moral. Sería ya sea un lunático - en el mismo nivel que el que dice que es un huevo escalfado –, o el Demonio del Infierno. Tienen que elegir: o este hombre era, y es, el Hijo de Dios; o un loco, o algo peor. Pueden encerrarlo como a un loco, pueden escupirlo y matarlo como a un demonio; o pueden caer a Sus pies y llamarlo Señor y Dios. Pero no vengamos con tonterías condescendientes acerca de que El era un gran maestro humano. No nos dejó abierta esa posibilidad. No tenía ninguna intención de hacerlo.

4. El Perfecto Penitente

Nos vemos enfrentados, entonces, a una pavorosa alternativa. O este hombre del que hablamos era (y es) exactamente lo que El decía, o un loco, o algo peor. Ahora, me parece obvio que no era ni un loco ni un demonio; en consecuencia, por extraño o aterrador o improbable que parezca, tengo que aceptar que El era y es Dios. Dios ha aterrizado en este territorio ocupado por el enemigo, en forma humana.

Y ahora, ¿cuál fue el propósito de todo ello? ¿Qué es lo que El vino a hacer? Bueno, por supuesto, vino a enseñar; pero apenas uno mira el Nuevo Testamento o cualquier otro escrito cristiano, encuentra que constantemente hablan de algo diferente, de Su muerte y Su vuelta a la vida. Es obvio que los cristianos piensan que allí está lo principal de la historia. Piensan que lo más importante que El vino a hacer a la tierra, fue sufrir y que lo mataran.

Antes de hacerme cristiano, tenía la impresión de que lo primero en que tenían que creer los cristianos era una teoría particular sobre cuál era el sentido de esa muerte. De acuerdo a esa teoría, Dios quería castigar a los hombres por haber desertado y haberse unido al Gran Rebelde, pero Cristo se había entregado voluntariamente para ser castigado en lugar nuestro, y así Dios nos exonera. Admito ahora que incluso esta teoría no me parece tan inmoral y tonta como antes; pero ése no es el punto que quiero establecer. Lo que más tarde pude ver fue que ni esta teoría, ni ninguna otra, es el cristianismo. La creencia cristiana central es que la muerte de Cristo de alguna manera nos ha puesto bien con Dios y nos ha permitido empezar de nuevo. Las teorías acerca de cómo lo logró, son asunto aparte. Se ha elaborado una buena cantidad de teorías diferentes al respecto; pero en lo que concuerdan todos los cristianos, es en que sí lo logró. Les diré cómo pienso yo que es. Toda la gente sensata sabe que si estás cansado y hambriento, te hará bien una comida. Pero la teoría moderna de la nutrición – todo sobre vitaminas y proteínas – es otra cosa. La gente comía y se sentía mejor mucho antes de que se supiera nada de la teoría de las vitaminas; y si alguna vez se abandona la teoría de las vitaminas, igual seguirán con sus comidas. Las teorías acerca de la muerte de Cristo no son el cristianismo: son explicaciones sobre cómo funciona. No todos los cristianos concordarían en la importancia de estas teorías. Mi propia iglesia – la Iglesia de Inglaterra – no propone ninguna de ellas como la verdadera. La Iglesia de Roma va un poco más allá. Pero pienso que todas concordarán en que la cosa misma es infinitamente más importante que cualesquiera explicaciones que los teólogos hayan producido. Pienso que probablemente admitirían que ninguna explicación será nunca completamente adecuada a la realidad. Pero como lo dije en el prefacio de este libro, tan sólo soy un lego, y en este punto estamos entrando en aguas profundas. Sólo puedo decirles, por lo que valga, cómo veo yo, personalmente, la cuestión.

Desde mi punto de vista, las teorías en sí mismas no son lo que se nos pide aceptar. Sin duda muchos de ustedes habrán leído a Jeans o Eddington.2 Lo que ellos hacen cuando quieren explicar el átomo, o algo de ese tipo, es dar una descripción a partir de la cual uno puede construir una imagen mental. Pero entonces te advierten que esta imagen no es realmente lo que creen los científicos. Lo que los científicos creen es una fórmula matemática. Las imágenes están ahí sólo para ayudarte a entender la fórmula. No son realmente verdaderas en el sentido en que lo es la fórmula; no entregan la cosa real, sino sólo algo más o menos parecido a ella. Su único propósito es ayudar, y si no lo hacen, bien puede abandonárselas. La cosa misma no puede ser puesta en imágenes, sólo puede ser expresada matemáticamente. Aquí estamos en el mismo bote. Creemos que la muerte de Cristo es exactamente ese punto en la historia en que algo absolutamente inimaginable, proveniente de afuera, se hace visible en nuestro propio mundo. Y si no podemos ver en nuestra imaginación ni siquiera los átomos de que está construido nuestro propio mundo, obviamente no seremos capaces de imaginamos esto. En verdad, si nos encontráramos con que podemos comprenderlo completamente, ese mismo hecho nos demostraría que no era lo que profesa ser: lo inconcebible, lo no creado, la cosa de más allá de la naturaleza, cayendo en la naturaleza como un rayo. Pueden preguntar de qué puede servimos si no lo entendemos. Pero eso se contesta fácilmente. Una persona puede comer sin entender con exactitud cómo el alimento la nutre. Una persona puede aceptar lo que Cristo ha hecho sin saber cómo funciona: en verdad, no sabría ciertamente cómo funciona hasta haberlo aceptado.

Se nos dice que Cristo fue muerto por nosotros, que Su muerte nos ha limpiado de nuestros pecados, y que con su muerte El triunfó sobre la muerte misma. Esa es la fórmula. Eso es el cristianismo. Eso es lo que hay que creer. Todas las teorías que construyamos en torno a cómo la muerte de Cristo hizo todo esto son, a mi juicio, totalmente secundarias: meros planos o diagramas que debemos olvidar si no nos ayudan y, aun si nos ayudan, que no debemos confundir con la cosa misma. Pero, de todas maneras, algunas de estas teorías merecen ser examinadas.

La que más personas han escuchado es la que mencionaba antes, aquella sobre haber sido perdonados porque Cristo voluntariamente se había prestado al castigo en lugar nuestro. Ahora, mirada así, es una teoría muy tonta. Si Dios quería perdonamos, ¿por qué no fue y lo hizo? ¿Y qué sentido tendría castigar a una persona inocente a cambio? Ninguno que yo pueda ver, si pensamos en el castigo en el sentido judicial del término. Por otra parte, si se piensa en una deuda, hay bastante sentido en que una persona que tiene capital pague por otra que no tiene. O si se toma el “pagar la pena” no en el sentido de ser castigado, sino en el sentido más general de “hacerse cargo de la cuenta”, entonces, por supuesto, es algo por todos sabido que cuando una persona se mete en un hoyo, el trabajo de sacarla de ahí generalmente recae en un amigo generoso.

Ahora, ¿en qué tipo de “hoyo” se había metido el hombre? Había tratado de hacerse autónomo, de comportarse como si se perteneciera a sí mismo. En otras palabras, el hombre caído no es una criatura imperfecta que necesita ser mejorada: es un rebelde que necesita deponer sus armas. Deponer las armas, rendimos, decir que lo sentimos, damos cuenta de que hemos andado por el camino equivocado y estar dispuestos a comenzar la vida de nuevo desde abajo: es el único modo de salir de nuestro “hoyo”. Este proceso de rendición – este dar marcha atrás a toda máquina – es lo que los cristianos llaman arrepentimiento. Ahora, el arrepentimiento no es nada divertido. Es algo mucho más duro que simplemente bajar la cabeza y someterse. Significa desaprender toda la arrogancia y obstinación en las que nos hemos estado entrenando por miles de años. Significa matar una parte de nosotros mismos, sometiéndonos a una especie de muerte. De hecho, se necesita ser un buen hombre para arrepentirse. Y aquí está la trampa. Sólo una persona mala necesita arrepentirse; sólo una persona buena se puede arrepentir perfectamente. Mientras peor eres, más lo necesitas y menos puedes hacerlo. La única persona que podría hacerlo a la perfección sería una persona perfecta, y ésa no lo necesitaría.

Recuerden, este arrepentimiento, este voluntario sometimiento a la humillación y a una especie de muerte, no es algo que Dios nos pida antes de aceptamos de vuelta y de lo cual pudiera libramos si así lo quisiera: es simplemente una descripción de cómo es volver a El. Si le pedimos a Dios que nos lleve de vuelta sin eso, en realidad le estamos pidiendo que nos deje volver sin volver. No puede hacerse. Bien, entonces, tenemos que pasar por ello. Pero el mismo ser malo que nos hace necesitarlo, nos imposibilita hacerlo. ¿Podemos hacerlo si Dios nos ayuda? Sí, pero; ¿qué queremos decir cuando hablamos de la ayuda de Dios? Queremos decir Dios poniendo en nosotros algo de Sí mismo, por así expresarlo. Nos presta un poco de Su poder de razonar y así es como pensamos: El pone un poco de Su amor en nosotros y así es como nos amamos unos a otros. Cuando le enseñas a escribir a un niño, sostienes su mano mientras forma las letras: esto es, forma las letras porque tú las estás formando. Amamos y razonamos porque Dios ama y razona y sostiene nuestra mano mientras lo hacemos. Desde luego, si no hubiéramos caído, sería cosa fácil. Pero desgraciadamente ahora necesitamos la ayuda de Dios para hacer algo que Dios, en Su propia naturaleza, nunca hace: rendirse, sufrir, someterse, morir. Nada en la naturaleza de Dios corresponde en absoluto con este proceso. De tal manera que ese camino para el cual necesitamos ahora más que nada la guía de Dios, es un camino por el que Dios, en Su propia naturaleza, nunca ha transitado. Dios puede compartir sólo lo que El tiene: esta cosa, en Su propia naturaleza, no la tiene.

Pero suponiendo que Dios se hiciera hombre; conjeturemos que nuestra propia naturaleza, que puede sufrir y morir, se amalgamara con la naturaleza de Dios en una persona; entonces esa persona podría ayudamos. Esa persona podría someter Su voluntad, y sufrir y morir, porque sería un hombre; y podría hacerla con perfección, porque sería Dios. Ustedes y yo podemos vivir este proceso sólo si Dios lo hace en nosotros; pero Dios puede hacerla sólo si se hace hombre. Nuestros intentos de morir de esta manera tendrán éxito sólo si nosotros los hombres compartimos la muerte de Dios, así como nuestro pensar puede tener éxito sólo porque es una gota del océano de Su inteligencia; pero no podemos compartir la muerte de Dios a no ser que Dios muera; y El no puede morir excepto haciéndose un hombre. Ese es el sentido en que El paga nuestra deuda y sufre por nosotros lo que El mismo no necesitaba en absoluto sufrir.

He escuchado a algunas personas reclamar que si Jesús era Dios a la vez que hombre, entonces Su sufrimiento y muerte perdían valor, “porque debe haber sido tan fácil para El”. Otros (con mucha razón) rechazan la ingratitud y displicencia de esta objeción. Lo que me deja perplejo es la mala comprensión que revela. En un sentido, por supuesto, los que la hacen tienen razón. Incluso han subestimado su propia posición. La sumisión perfecta, el perfecto sufrimiento, la muerte perfecta no sólo fueron más fáciles para Jesús porque era Dios, sino que fueron posibles sólo porque era Dios. Pero, ¿no es ésta realmente una curiosa razón para no aceptarlos? El maestro puede formar las letras para el niño porque es un adulto y sabe escribir. Eso, por supuesto, lo hace más fácil para el maestro; y sólo porque es más fácil para él, puede ayudar al niño. Si éste lo rechazara porque “es fácil para los adultos” y esperara a aprender a escribir con otro niño que tampoco supiera escribir (y así no tuviera ninguna ventaja “injusta”), no lo lograría con demasiada rapidez. Si me estoy ahogando en un río torrentoso, alguien que todavía tiene un pie en la orilla puede darme una mano que me salva la vida. ¿Debería yo gritarle (entre boqueadas) “¡No, no es justo! ¡Estás en ventaja! Tienes un pie en la orilla”? Esa ventaja – llámenla injusta, si quieren – es la única razón por la que puede serme de alguna utilidad. ¿Hacia dónde te volverás por ayuda si no es a aquel que es más fuerte que tú?

Tal es mi propia manera de mirar eso que los cristianos llaman la Redención. Pero recuerden que es sólo una imagen más. No la confundan con la cosa misma; y si no los ayuda, desháganse de ella.

5. La Conclusión Práctica

Fue Cristo quien se rindió y humilló de manera perfecta: perfecta porque era Dios, rendición y humillación porque era hombre. Ahora, la creencia cristiana, es que si nosotros de alguna manera compartimos la humildad y sufrimiento de Cristo, también compartiremos Su conquista de la muerte y encontraremos una nueva vida después de morir, y en ella llegaremos a ser criaturas perfectas, y perfectamente felices. Esto significa algo que es mucho más que nuestros intentos de seguir Sus enseñanzas. La gente a menudo pregunta cuándo tendrá lugar el siguiente paso en la evolución, el paso a algo más allá del hombre. Pero desde el punto de vista cristiano, ya ha sucedido. En Cristo, un nuevo tipo de hombre apareció; y el nuevo tipo de vida que comenzó en El va a ser colocada en nosotros.

¿Cómo se va a hacer esto? Antes, por favor recuerden cómo adquirimos la antigua vida, la corriente. La derivamos de otros, de nuestro padre y madre y de todos nuestros antepasados, sin nuestro consentimiento, y a través de un muy curioso proceso que implica placer, dolor y peligro. Un proceso que nunca habrían imaginado. La mayoría de nosotros pasa unos cuantos años de la niñez intentando adivinarlo; y algunos niños, la primera vez que se les dice, no lo creen, y no estoy seguro de culparlos, porque es muy raro. Ahora bien, el Dios que dispuso ese proceso es el mismo Dios que dispone el modo en que la nueva clase de vida – la vida de Cristo – se propagará. Debemos estar preparados para que también sea raro. El no nos consultó cuando inventó el sexo; tampoco nos ha consultado cuando inventó esto.

Hay tres cosas que propagan la vida de Cristo en nosotros: el bautismo, la fe, y esa misteriosa acción que distintos cristianos llaman con diferentes nombres: la Santa Comunión, la Eucaristía, la Cena del Señor. Al menos, esos son los tres métodos comunes.

No estoy diciendo que no pueda haber casos especiales en que no se propague sin uno o más de ellos. No tengo tiempo para entrar en casos especiales, y no sé lo suficiente. Si estás tratando de explicarle a alguien en unos pocos minutos cómo llegar a Edimburgo, le informarás acerca de los trenes; es verdad que puede ir por barco o por avión, pero difícilmente entrarás en ello. Y no estoy diciendo nada acerca de cuál de estas tres cosas es la más esencial. Mi amigo metodista querría que yo dijera más de la fe y menos (en proporción) de las otras dos. Pero no entraré en eso. De hecho, quienquiera que enseñe doctrina cristiana dirá que usemos las tres, lo que es suficiente para nuestros propósitos actuales.

Por mi parte, no logro ver por qué estas cosas deban ser las conductoras de la nueva clase de vida. Pero entonces, si uno no lo hubiera aprendido, jamás habría visto conexión alguna entre un placer físico particular y la aparición de un nuevo ser humano en el mundo. Debemos tomar la realidad tal como nos llega: no sirve de nada andar chachareando sobre cómo debería ser o cómo habríamos esperado que fuera. Pero aunque no puedo entender por qué tendría que ser así, puedo decirles por qué creo que es así. He explicado por qué tengo que creer que Jesús era (y es) Dios. Y parece claro, como asunto de historia, que El les enseñó a sus seguidores que la nueva vida se comunicaba de esta manera. En otras palabras, lo creo basándome en Su autoridad. No se asusten por la palabra autoridad. Creer en algo por un recurso a la autoridad sólo significa creer en ello porque nos lo ha dicho alguien que consideramos confiable. Noventa y nueve por ciento de las cosas en que creemos, las creemos recurriendo a la autoridad. Creo que existe ese lugar que es Nueva York. No lo he visto por mí mismo. No podría probar por razonamiento abstracto que tiene que haber tal lugar. Lo creo porque gente confiable me lo ha dicho. El hombre corriente cree en el sistema solar, los átomos, la evolución y la circulación de la sangre sobre la base de la autoridad, porque los científicos así lo dicen. Ninguno de nosotros ha visto la conquista normanda o la derrota de la Armada. Ninguno de nosotros podría probarlas por lógica pura, como se prueba algo en matemáticas. Lo creemos simplemente porque quienes sí lo vieron han dejado escritos que nos cuentan de ello: de hecho, nos basamos en la autoridad. Una persona que se resistiera al conocimiento sustentado en la autoridad, como algunos lo hacen en el campo de la religión, tendría que contentarse con no saber nada durante toda su vida.

No crean que estoy proponiendo el bautismo y la fe y la Santa Comunión como cosas que pueden bastar en lugar de nuestros propios intentos de imitar a Cristo. Nuestra vida natural deriva de nuestros padres; eso no significa que permanecerá ahí si no hacemos nada al respecto. La podemos perder por negligencia, o la podemos eliminar de nosotros cometiendo suicidio. Debemos alimentarla y cuidarla; pero se debe recordar siempre que no la estamos haciendo,' tan sólo estamos manteniendo una vida que recibimos de otros. Del mismo modo, un cristiano puede perder la vida de Cristo que ha sido puesta en él, y debe hacer esfuerzos para mantenerla. Pero ni el mejor cristiano que jamás haya existido actúa por sí solo; tan sólo está nutriendo y protegiendo una vida que nunca pudo haber obtenido por sus propios esfuerzos. Y ello tiene consecuencias prácticas. Mientras exista vida natural en un cuerpo, hará mucho por reparar ese cuerpo. Córtenlo, y hasta cierto punto sanará, como 'no lo hace un cuerpo muerto. Un cuerpo vivo no es uno que jamás recibe daño, sino uno que en cierta medida puede repararse a sí mismo. Del mismo modo, un cristiano no es un hombre que nunca hace el mal, sino uno a quien se le ha hecho posible arrepentirse y levantarse y comenzar de nuevo tras cada tropezón, porque la vida de Cristo está dentro de él, reparándolo todo el tiempo, permitiéndole repetir (hasta cierto punto) la clase de muerte voluntaria que Cristo mismo llevó a cabo.

Tal es la razón de que el cristiano esté en posición diferente a la de otras personas que están intentando ser buenas. Estas tienen la esperanza de, siendo buenas, agradar a Dios, si es que hay uno; o – si piensan que no existe – al menos esperan merecer la aprobación de la gente buena. Pero el cristiano piensa que todo bien que él hace viene de la vida de Cristo que está en su interior. No piensa que Dios nos amará porque somos buenos, sino que Dios nos hará buenos porque nos ama, tal como el techo de un invernadero no atrae el sol porque es brillante, sino que brilla porque el sol lo ilumina. Y quisiera dejar muy claro que cuando los cristianos dicen que la vida de Cristo está en ellos, no se refieren simplemente a algo mental o moral. Cuando hablan de estar “en Cristo” o de que Cristo está “en ellos”, no es meramente una manera de decir que están pensando en Cristo o imitándolo. Significa para ellos que Cristo está realmente operando a través de ellos; que la masa total de los cristianos es el organismo físico a través del cual Cristo actúa; que somos Sus dedos y músculos, las células de Su cuerpo. Y quizás eso explique una o dos cosas. Explica por qué esta nueva vida se propaga no sólo mediante actos puramente mentales, como la fe, sino por actos corporales como el bautismo y la Santa Comunión. No es la propagación de una idea; es más como una evolución, un hecho biológico o superbiológico. No sirve de nada intentar ser más espiritual que Dios. Dios nunca pensó al hombre como una criatura puramente espiritual. Tal es la razón de que El utilice cosas materiales como pan y vino para poner la nueva vida en nosotros. Podemos pensar que es algo tosco y poco espiritual. Dios no lo cree: El inventó el comer. A El le gusta la materia. El la inventó.

He aquí otra cosa que solía dejarme perplejo. ¿No es terriblemente injusto que esta nueva vida esté circunscrita a la gente que ha escuchado acerca de Cristo y ha podido creer en El? Pero la verdad es que Dios no nos ha dicho cuáles son Sus disposiciones en relación a otras personas. Sabemos que nadie puede salvarse si no es a través de Cristo; no sabemos que sólo aquellos que Lo conocen pueden salvarse a través de El. Entre tanto, si a alguien le preocupa la gente que está afuera, lo menos razonable que puede hacer es quedarse también afuera. Los cristianos son el cuerpo de Cristo, el organismo a través del cual El opera. Cada agregado a ese cuerpo Le permite hacer más. Si se quiere ayudar a los de afuera, hay que agregar nuestra propia pequeña célula al cuerpo de Cristo, el único que puede ayudarlos. Cortarle los dedos a alguien sería una extraña manera de hacer que realice más trabajo.

Otra objeción posible es ésta: ¿por qué Dios llega disfrazado a este territorio ocupado por el enemigo y comienza una especie de sociedad secreta para socavar al demonio? ¿Por qué no llega con todo su poderío, invadiéndolo? ¿Es que no es lo suficientemente fuerte? Bien, los cristianos piensan que El va a llegar en todo su poderío; no sabemos cuándo. Pero podemos aventurar una razón para su tardanza. Quiere damos la oportunidad de ponemos de su lado libremente. No creo que ni ustedes ni yo hubiéramos tenido gran opinión de un francés que hubiera esperado hasta que los Aliados estuvieran entrando en Alemania, para en ese momento anunciar que estaba de nuestro lado. Dios invadirá. Pero me pregunto si la gente que le pide a Dios que interfiera abierta y directamente en nuestro mundo, se da cuenta realmente cómo será cuando lo haga. Cuando eso suceda, será el fin del mundo. Cuando el autor sale al escenario, la representación ha terminado. Dios va a invadir, claro que sí; pero, ¿de qué sirve decir que estás de Su parte cuando ves que todo el universo natural se desvanece como un sueño y otra cosa – algo que jamás te pasó por la mente pudiera existir – entra e irrumpe arrasando con todo lo conocido; algo tan hermoso para algunos de nosotros, y tan terrible para otros, que a ninguno le quedará posibilidad alguna de elegir? Porque esta vez será Dios sin disfraz; algo tan abrumador que va a provocar o irresistible amor o irresistible horror en toda criatura. Será entonces demasiado tarde para elegir lado. No servirá de nada decir que eliges yacer cuando se ha hecho imposible levantarse. No será ése el tiempo de elegir: será el tiempo en que descubramos qué lado realmente hemos escogido, nos hayamos dado cuenta antes o no. Ahora, hoy día, en este momento, es nuestra oportunidad de escoger el lado correcto. Dios se está reteniendo para damos esa oportunidad. No durará para siempre. Debemos tomarla o dejarla.

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C. S. Lewis

 

NOTAS:

1 Un auditor reclamó por la palabra malditas, calificándola de frívola imprecación. Pero le doy el exacto sentido que tiene: una tonteria que está maldita está bajo el anatema de Dios, y llevará a quienes la creen (aparte de la gracia de Dios) a la muerte eterna.

2 Sir James Hopwood Jeans, 1877-1946; matemático, astrónomo, físico y escritor inglés. Sir Arthur Stanley Eddington, 1882-1944; astrónomo y físico inglés. (N. del T.)